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EDITORIAL
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| EN DEFENSA DEL PROFESORADO |
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| Tiempos revueltos |
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Vivimos tiempos de cierto revuelo en torno a la educación y en numerosas ocasiones la escuela, sobre todo la escuela pública, es noticia por alarmantes noticias que ofrecen una visión, a mi juicio, bastante sesgada del verdadero trabajo que se hace en los centros docentes de Andalucía. Sería conveniente, por tanto, que hubiese un mayor sosiego social, para, de esta forma, afrontar con mayor eficacia los nuevos retos que la sociedad exige a la institución docente.
El profesorado es, sin duda, la principal riqueza del sistema educativo y, en ocasiones, su trabajo se pone en entredicho y su valoración social no está acorde con el respeto que se debe a su profesión. Hemos pasado de la figura del maestro o maestra que gozaba del apoyo y comprensión de la familia a una situación en la que, desgraciadamente, nuestro trabajo es incomprendido por una parte de la sociedad. Es imprescindible, por tanto, hacer todos los esfuerzos necesarios para que los maestros y maestras recuperen la dignidad perdida. Y todo ello en un momento en el que, en mi opinión, el profesorado está haciendo esfuerzos importantes para mejorar su formación y poder atender adecuadamente las necesidades educativas de los jóvenes que llegan a nuestras aulas.
Como dice Manuel Rivas, “del maestro se espera a veces demasiado, pero ¡qué suerte que esperen de uno algo!”. Es así, de la escuela se espera, como bien se expresa en el informe Delors (2000), que preparemos a nuestros jóvenes para que sean capaces de vivir juntos, que adquieran los conocimientos necesarios para enfrentarse positivamente a los retos que plantea una sociedad en continua transformación, que aprendan a hacer favoreciendo la adquisición de destrezas técnicas y profesionales y que aprendan a ser, quizá lo más difícil, y, de esta forma, alcancen el grado de autonomía y capacidad de juicio para actuar como personas responsables.
Por lograr estos objetivos es cada vez más necesario que los docentes seamos conscientes de la importancia de nuestra formación, de una educación a lo largo de toda la vida, en la que el intercambio de experiencias y el trabajo en equipo constituyan los pilares de este proceso de cambio. Los docentes debemos asumir nuestro compromiso de formación continua si queremos ofrecer a la sociedad lo que ella, justamente, nos exige. Asimismo, debemos pedir la colaboración de todos (administraciones educativas, padres y madres, medios de comunicación, etc.) si queremos que la educación cumpla su principal función social que no es otra que intentar crear un mundo más libre, más justo y más solidario. |
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